sábado, 17 de septiembre de 2011

Este 18

18 de septiembre. Pienso que debería celebrar a mi patria. Hacer un buen asado, con choripán y todo, ir a alguna fonda, tomarme unos tragos. Pero luego surge la pregunta: ¿qué estoy celebrando? Y la triste verdad es que estoy celebrando la desigualdad.

En la segunda mitad del siglo XIX, se llevó a cabo uno de los cuantos procesos injustos del soberano Estado de Chile. Pero este, a diferencia de otros, tenía un olor especial: olor a América. La Ocupación de la Araucanía fue una verdadera mariconada contra el pueblo que vio nacer a Chile. Si pensar que el primer escudo nacional no tenía sino a 2 indígenas como prueba de la autonomía de esta angosta faja de tierra. Pero obviamente la élite no podía permitir la libertad y el progreso de quienes no fueran ellos mismos. Pasó en ese entonces, pasó en la dictadura y volverá a pasar. Por lo que el presidente de ese entonces, José Joaquín Pérez Mascayano, en 1861, comenzó con esta noble cruzada.

Está de más decir que los mapuches no tenían la tecnología para combatir de vuelta. Sólo su valentía los hizo oponentes dignos de la pólvora del general  Cornelio Saaverdra Rodríguez. Fue una guerra sangrienta, por lo que tengo entendido.

El conflicto terminó con el resultado que podemos ver hoy. Los mapuches fueron trasladados a pequeñas reservas de tierras infértiles, separadas unas de otras por extensos campos que fueron regalados a colonos europeos. Pero obviamente estos últimos se lo merecían. Hicieron tanto por Chile que mínimo era necesario darles un presente, aunque este fuera el resultado de un robo ancestral.

Desde ahí que la historia es más o menos repetida década tras década. Como en 1934, cuando un levantamiento contra uno de estos colonos, ahora un hacendado millonario, terminó con la muerte de cerca de 500 campesinos y mapuches. Cosa que se hubiera evitado si las condiciones para estos trabajadores hubieran sido decentes. 

Y entre los casos más recientes tenemos el allanamiento ilegal de casas de comuneros, como si organizarse fuera un delito que obligadamente nos hiciera pensar que tienen bombas escondidas. Algo así como un síndrome George W. Bush, pero a baja escala. También asesinatos por la espalda a jóvenes por parte de carabineros que después la justicia militar deja en absoluta libertad. Ni siquiera los suspenden de sus funciones. Recordemos el caso de Mendoza Collio.

Sin embargo, el colmo de los colmos es el vínculo propuesto por la fiscalía entre Luis Tralcal y Mauricio Waikilao, ambos comuneros imputados, con las FARC. Según esta teoría, la guerrilla colombiana y el pueblo mapuche estarían confabulando para dominar América e instalar un régimen de tráfico de drogas que suministre a todo el mundo. Incluso, la fiscalía se dio el lujito de traer o contratar, no sé cuál de las dos, a una ex guerrillera colombiana que testificará sin dar nombre ni apellido. 

Pero hay algunos que no luchan por sus tierras ni tampoco tienen vínculos con guerrillas colombianas, sino que están insertados en nuestra sociedad, o por lo menos lo intentan. Condenados a la discriminación y a obtener trabajos sin posibilidad de progresar. La sociedad se ha encargado de ponerlos en ese lugar, recibiendo educación de mala calidad, teniendo que abandonarla en muchos casos para trabajar tempranamente y pagarse la vida. La mayor injusticia de todas las mencionadas se hace con ellos.

Lamentablemente, somos los responsables de continuar con el régimen de esclavitud y discriminación que los conquistadores españoles comenzaron hace casi 500 años. Así que este 18, cuando haga mi asado, me coma mi choripán y me tome mis tragos, pensaré en los crímenes que ha cometido mi país.

No hay comentarios:

Publicar un comentario