martes, 20 de septiembre de 2011

Primera parte

 Hace unos meses recién volví a dormir en la oscuridad. Sin embargo, todavía el recuerdo me persigue. Quiero creer que el temor es el que se manifiesta y no la misma fuerza que azotó a mi familia hace cuatro años. En las calles -tengo la costumbre de salir a correr por las noches- siempre oigo sonidos, veo sombras. "¿Cómo sale a correr por noche este imbécil?", se preguntarían si conocieran mi historia. Y la respuesta es que nunca lo hago solo. Ya no puedo estar solo, mi mente no me lo permite, por lo que, acompañado de mi pastor alemán, recorro las calles de este pueblo del sur de Chile cuando nadie transita por ellas. En cierta medida, me gusta ver el mundo paralizado, sin nada más en movimiento que escasas ráfagas de viento helado secándome la transpiración. Las rejas de las farmacias cerradas, las tiendas de ropas con maniquíes sin cabeza, todo forma parte de un proceso de curación en el que trato de escapar, dando las más grandes zancadas posibles, del hecho. 
 Es necesario agregar que escribo esto por recomendación de mi psicólogo, quien, aunque escéptico, parece interesarse bastante con relatos como este.
 Hace poco más del tiempo ya mencionado, me desempeñaba como periodista independiente. Y cuando digo independiente, me refiero a que no terminé los estudios, por lo que quedé sumamente endeudado y con el sueldo de un egresado de educación media. Me desempeñaba como una especie de investigador de cosas insignificantes. De esa clase de cosas que terminan con alguna esposa histérica y un marido en la vereda con sus ropas y demás tiradas desde la ventana. Recuerdo una vez a una señora de 50 años, guapa y millonaria, que acudió a mí por medio de mi página web. 

Compruebe sus sospechas
Bobby Jackson
Investigador privado
..
Obviamente el nombre era falso. De hecho, sacado de una serie animé que veía cuando pequeño. Ya me había visto en la obligación de comprar múltiples ships de celular por la cantidad de esposos neuróticos que buscaban vengarse, así que era prudente no darme a conocer.
En la mañana de un día, la canción Vía Láctea de Zoe que tenía como ringtone me despertó:
—Hola, quisiera hablar con el señor Jackson —dijo una provocadora voz.
—Con él.
—Bueno... quisiera... me pregunto si...
—Diga luego por favor. Estaba durmiendo —contesté con un tono forzosamente molesto. Había experimentado un sueño extenso, de otra manera la mujer habría oído algunas descortesías—. Estoy a su servicio. ¿En qué le puedo ayudar?
—Quisiera que me hiciera un trabajito. Mi esposo pareciera andar en malos pasos. ¿Cuándo nos podríamos juntar?
—Bueno señora, el problema es que yo no me junto. Mire, el procedimiento es el siguiente. Usted me dará todos los datos de su esposo: nombre, lugar de trabajo, domicilio, modelo de auto, patente y lo que se le pueda ocurrir que yo llegase a necesitar. Esto me lo mandará a la siguiente dirección: bobjack.134@gmail.com. Esa será nuestra única vía de comunicación de aquí en adelante. En el mismo correo me dirá lo que tengo que averiguar, si quiere pruebas fotográficas y otros detalles. Yo, una vez visto y analizado los datos, le diré el precio de acuerdo a la cantidad de tiempo que estime me va a tomar lograrlo. La mitad me la depositará al inicio del trato y la otra cuando haya culminado todo. ¿Está claro?
—¿Y cómo se que no me va a robar el dinero?
—Pues supongo que tendrá que confiar. Aparte, no cobro caro.

 Y colgué. Sólo quería cerrar los párpados una vez más. Me froté los ojos con las palmas de las manos hasta que comencé a ver pequeños rayos eléctricos azules, amarillos y rojos, con motivo de relajarme y volver a un estado dormitivo. Y justo estaba por lograrlo, cuando esta vez sonó mi otro celular, el Samsung. Extrañamente, dejó de sonar a los pocos segundos y tuve que llamar al número de vuelta:
—Hola, tengo una lla...
—Buenas tardes caballero, usted no se lo va a poder creer —me cortó una voz aguda y áspera, como la que tendría un niño fumador, mas esta era de adulto. Permítame presentarme, mi nombre es Gustavo Olivares y soy gerente de finanzas de la sede número cinco de su empresa Claro.
—¿Qué? ¿Qué cosa no me voy a poder creer?
—¿Se encuentra contento? Porque déjeme decirle que usted se ha ganado uno de nuestros premios de doscientos mil pesos y automáticamente está participando junto con 8 personas más en el sorteo de un espectacular automóvil.
—¿Enserio? Mira tú.
—Muy enserio. ¿Se encuentra feliz? Pues déjemelo felicitarlo.
 Acepto que hasta ese momento el hombre iba bien. Aparte de su tono de presidiario drogadicto, nada en su vocabulario ni en sus ofertas hubiera impedido que un niño de 4 años cayera. No obstante, el déjemelo felicitarlo hizo que su argumento se desplomara como hojas en otoño..
—Pero, ¿qué tengo que hacer para ganarme ese automóvil? —proseguí.
—Bueno, usted tiene que dirigirse a la tienda más cercana, comprar 5 tarjetas de prepago y darme los números. De esa manera quedará automáticamente participando.
Pucha, es que ahora no ando con dinero. No sé qué puedo hacer.
—Que lástima caballero, se está perdiendo la gran oportunidad —contestó con fingida aflicción—. ¿Y está seguro que nadie le puede prestar? ¿La abuelita, el hermano, la tía...?
—No. Mi abuela murió el año pasado, mi hermano desapareció en la dictadura y a mi tía la atropelló un autobús, quedó en coma.
—¿Y algún amigo no tendrá? —continuó, no percatándose de que estaba perdiendo el tiempo—. Así se reparten la plata.
—La verdad soy un tipo solitario. Además, no necesito plata prestada, si me acabo de ganar doscientos mil pesos, ¿o no?. Hagamos una cosa. Nos juntamos, me pasas las doscientas lucas y ahí te compro tus tarjetas. Me parece un trato justo.
—No caballero, el sistema no funciona así. Yo como funcionario me tengo que apegar al sistema.
—¿Es bueno el trabajo que tiene? Oí que las oficinas de los gerentes de finanzas de Claro son bastante estrechas, con barrotes y todo, además de que no tienen la posibilidad de salir como en mínimo 5 años y un día de vacaciones —dije soltando una carcajada.
—Haber chichatumare culiao te creí muy chistosito ti vamo a cogotiarte longi culiao.
Créanme que valió el minuto y medio perdido haber molestado a ese flaite.
Después de eso, ya no podría volver a soñar nuevamente. Sentado en la cama por la mitad de una hora, observé el desorden de mi habitación. 3 escritorios viejos y faltos de partes tapaban fracciones de las paredes presuntamente blancas. Ropa sucia tirada en la alfombra hacía más dificultosa todavía la tarea de atravesar la alcoba para llegar al baño y darme una ducha. Lápices desparramados y ciertos libros amontonados en el escritorio de mayor tamaño daban crédito de mi pasado como estudiante. Y en el más chico yacía una computadora portátil próxima a venderse, puesto que ni siquiera me alcanzaba para pagar el alquiler de la pieza. En momentos como este la idea de abandonar mis proyecciones y volver a Santa Eulalia cruzaba fuertemente mi cabeza. Mas abandonar la capital era una opción incluso peor al suicidio, puesto que retornar a aquella localidad significaba aceptar un trabajo campestre o de administración mal remunerado y ver cómo el monto de la deuda ascendía eternamente. Santiago al menos te brinda la ilusión de que al día siguiente una oportunidad puede llegar. Las luces y los bares de Providencia ayudan a camuflar la certeza de la soledad.

No hay comentarios:

Publicar un comentario